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"En los discursos políticos o institucionales, la juventud aparece como un ente unívoco que debe ser el ‘punto central’ de todas las actividades relacionadas con el desarrollo y el crecimiento social. Y, sin embargo, las acciones y los datos nos dicen lo contrario: Por un lado, no existe una juventud homogénea que piense y camine de la misma forma, especialmente en nuestra Latinoamérica, donde existen enormes diferencias de género, etnia, condición social, nacionalidad, identidad, etc. Por otro lado, los datos demuestran que la juventud sufre enormes índices de desigualdad, violencia, menor acceso a recursos y representatividad en espacios de poder. Dentro de esa diversidad, los y las jóvenes rurales suelen estar ‘un grado más abajo’ que sus pares urbanos, debido al menor acceso a los servicios de educación y salud y a los activos necesarios para la producción y su inclusión económica. Estos puntos evidencian la clara necesidad de invertir, con una mirada interseccional, en las y los jóvenes rurales para mejorar su acceso a recursos, su inclusión social y económica, su acceso a espacios de decisión y el cumplimiento de sus derechos fundamentales"
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